Una comunidad que vuelve a ponerse en camino

El pasado domingo, 4 de octubre, nuestra parroquia volvió a reunirse después de las vacaciones para celebrar la primera misa de familias del nuevo curso. Niños, jóvenes, familias, catequistas, educadores y agentes de pastoral llenaron la iglesia en una celebración marcada por la alegría del reencuentro y por un momento muy especial: el envío y la bendición de quienes durante este curso han decidido ponerse al servicio de los demás. Después del descanso del verano, volver a encontrarnos fue ya una forma de celebrar. Volvimos a compartir risas, historias y momentos juntos, dando gracias a Dios por habernos acompañado durante estos meses y poniendo el nuevo curso en sus manos.
El Evangelio de este domingo nos presentó la imagen de la viña. Una viña que Dios planta, cuida y protege, esperando que dé buenos frutos. Esta imagen nos invitó a reflexionar sobre nuestra propia vida y sobre la responsabilidad que tenemos de cuidar aquello que se nos ha confiado.
Precisamente, uno de los momentos centrales de la celebración fue el rito del envío de los catequistas, educadores y demás agentes de pastoral. Hombres y mujeres que, a lo largo de este curso, dedicarán su tiempo a acompañar a otras personas en su camino de fe.
Recibir este envío significa asumir un compromiso: acompañar, escuchar, enseñar y, sobre todo, caminar junto a quienes han sido confiados a cada uno de ellos. Una tarea que va más allá de transmitir conocimientos y que requiere estar presente, dar ejemplo y compartir la fe.
Durante el ofertorio, varios símbolos hicieron visible este compromiso. Unas zapatillas representaron los pies de quienes reciben el envío. Porque ser agente de pastoral significa ponerse en camino, salir al encuentro y estar dispuesto a caminar junto a los demás.
Una vela encendida nos recordó que Cristo es la luz del mundo y que estamos llamados a llevar esa luz allí donde estemos. Junto a ella, la Biblia nos recordó que el centro de nuestra misión es la Palabra de Dios: una Palabra que primero acogemos y hacemos vida para después poder transmitirla con sencillez y alegría. También ofrecimos pequeñas bolsas con semillas. Pequeñas, pero llenas de vida, como todo aquello que podemos sembrar cada día en quienes nos rodean: amor, alegría, esperanza y paz. Gestos y palabras que están llamados a crecer y a dar fruto.
Con el pan y el vino, presentamos ante el altar nuestra vida cotidiana, con nuestros esfuerzos, nuestras alegrías y nuestros cansancios. En ellos reconocemos también el regalo de la Eucaristía, en la que Cristo se hace presente para alimentarnos y darnos fuerzas para seguir caminando y sirviendo a los demás.
El envío de este domingo fue también una invitación para todos. Estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe allí donde nos encontremos: en casa, en el colegio, con los amigos, en el trabajo o en la parroquia. Porque la fe no se queda dentro de la iglesia, sino que nos impulsa a salir al encuentro de los demás y a poner nuestros dones al servicio de quienes tenemos cerca.
Al terminar la Eucaristía, nos quedamos con el significado de todo lo vivido: llevar la luz de Cristo, escuchar y compartir su Palabra, sembrar esperanza y estar dispuestos a caminar junto a quienes nos necesitan.
Comienza un nuevo curso y, con él, nuevas oportunidades para crecer juntos, acompañarnos y seguir dando fruto.
Porque todos tenemos un lugar y una misión. Y porque, después de este envío, no queremos quedarnos quietos: queremos salir al encuentro, acompañar y sembrar.