Alzando la mirada juntos: una fe vivida en comunidad

Parroquia de Alcorcón

Alzando la mirada juntos: una fe vivida en comunidad

Alzad la mirada”: lema y logo oficial del Viaje Apostólico de León XIV a  España - Diócesis Asidonia - Jerez

Sábado: Vigila de Oración con los jóvenes en la Plaza de Lima

El pasado sábado, 6 de junio, vivimos una jornada muy especial con motivo de la visita del Papa a Madrid. Fue un día de encuentro, oración, reflexión y alegría que nos dejó muchas preguntas, pero también muchas respuestas.

La mañana comenzó en el Parque del Canal con una dinámica que nos ayudó a preparar el corazón para la jornada que nos esperaba. Antes de las reflexiones y actividades, caminamos en silencio por el espacio con una única consigna: no mirar a los ojos a nadie. Después repetimos el ejercicio, esta vez cruzando miradas y regalando una sonrisa a cada persona con la que nos encontrábamos. Un gesto sencillo que nos introdujo en el lema que marcaría toda la jornada: alzar la mirada, salir de nosotros mismos y abrirnos al encuentro con Dios y con los demás.

A partir de la lectura del Evangelio de San Juan («Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre…»), comenzamos una reflexión sobre una pregunta sencilla pero profunda: ¿hacia dónde dirigimos nuestra mirada cada día?

Los adultos reflexionaron sobre la importancia de mirar a sus hijos no solo desde la preocupación o el control, sino desde la ternura y el acompañamiento. Los adolescentes compartieron cómo las pantallas, las redes sociales y la presión del grupo muchas veces les hacen caminar con la cabeza agachada, perdiéndose la riqueza de las personas que tienen a su alrededor. Los jóvenes, por su parte, dialogaron sobre los grandes horizontes de la vida, la vocación, el compromiso y la necesidad de no conformarse con una existencia cómoda o superficial.

Las conclusiones de todos los grupos coincidían en una misma idea: alzar la mirada significa salir de nosotros mismos para descubrir a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Significa aprender a mirar con esperanza incluso en medio de las dificultades.

Tras esta intensa mañana pusimos rumbo a la Plaza de Lima para participar en la Vigilia de Oración con los Jóvenes. Miles de personas llenaban el entorno del estadio en un ambiente de alegría contagiosa. La música fue protagonista gracias a las actuaciones de grupos y artistas como Malmö 404, Siloé, Hakuna y otros muchos que lograron unir diversión, fe y celebración en una misma experiencia.

Sin embargo, el momento más esperado llegó con la presencia del Papa. Durante el diálogo con los jóvenes respondió a preguntas sobre la fe, la vocación, la misión y el sentido de la vida cristiana.

Nos habló de los Santos que han inspirado su camino, como san Juan Crisóstomo, santo Tomás de Villanueva o santo Toribio de Mogrovejo, recordándonos que la santidad no es algo reservado a unos pocos, sino una llamada para todos. También compartió cómo su experiencia misionera en Perú le enseñó que la fe puede transformar el sufrimiento en esperanza y reconciliación.

Uno de los mensajes que más resonó entre los jóvenes fue su invitación al silencio. En un mundo lleno de ruido, pantallas y distracciones, insistió en que es precisamente en el silencio donde aprendemos a reconocer la voz de Dios. Nos animó a buscar la verdad,

a no dejarnos engañar por las apariencias y a descubrir la presencia de Cristo especialmente en la oración, la Palabra de Dios y la adoración eucarística.

También recordó que nadie vive la fe en solitario. La comunidad, la familia, los grupos parroquiales y los amigos son lugares donde aprendemos juntos a seguir a Jesús. Nos invitó a ser testigos creíbles, capaces de transmitir la fe con nuestra forma de vivir más que con nuestras palabras.

En la última parte del encuentro lanzó un desafío directo a todos los jóvenes: ser protagonistas del cambio en nuestra sociedad. Nos recordó que los cristianos estamos llamados a ser «sal de la tierra y luz del mundo», viviendo con libertad frente a las mo das pasajeras y poniendo nuestros talentos al servicio de los demás.

Quizá la frase que mejor resume todo lo vivido fue la misión que nos encomendó: «Sed humanos». Humanos como Cristo, atentos al sufrimiento ajeno, comprometidos con la justicia, capaces de amar, servir y tender la mano a quien más lo necesita.

Al regresar a casa muchos llevábamos en el corazón algo más que el recuerdo de una jornada histórica. Nos llevábamos preguntas, desafíos y la certeza de que Jesús sigue llamándonos hoy, en medio de nuestra vida cotidiana.

Alzar la mirada para descubrir a Dios en medio de nuestra vida cotidiana. Alzar la mirada para reconocer a quienes caminan a nuestro lado.

Alzar la mirada para no quedarnos atrapados en nuestras preocupaciones, nuestras pantallas o nuestros miedos.

Alzar la mirada, en definitiva, para vivir con esperanza.

Domingo: Corpus Christi en la Plaza de Cibeles

El  domingo, Madrid  celebró  la  Solemnidad del Corpus Christi  con  la  Santa  Misa presidida en la Plaza de Cibeles. Miles de personas llenaron el centro de la ciudad en un ambiente de profunda fe, silencio orante y alegría compartida.

El Papa invitó a contemplar la Eucaristía como el centro de la vida cristiana: Cristo que se hace pan para alimentarnos y que no permanece encerrado en el templo, sino que sale al encuentro de todos, recorriendo nuestras calles y entrando en la historia concreta de cada persona.

El Corpus Christi se presentó así como una llamada viva a dejar que la fe transforme la vida cotidiana. La Eucaristía no se queda en lo íntimo o lo privado, sino que impulsa a vivir con mayor entrega, servicio y atención a los demás, especialmente a los má s necesitados.

Muchos vivieron esta celebración con una fuerte sensación de unidad e Iglesia universal, como si el corazón de Madrid se hubiera convertido en un gran altar donde Cristo volvía a reunir a su pueblo.

La celebración se percibió también como la continuación natural de lo vivido el día anterior: la invitación a mirar la vida desde Cristo Eucaristía y a dejarse transformar por su presencia.

Lunes: Encuentro diocesano en el Santiago Bernabéu

El lunes vivimos el último gran momento de este viaje en el encuentro diocesano celebrado en el Estadio Santiago Bernabéu. Desde el inicio, el ambiente ya decía mucho: miles de personas reunidas, música, cantos y una alegría contagiosa que llenaba todo el estadio.

La tarde fue una verdadera celebración de la fe en clave de fiesta. La música y los cantos ayudaron a crear un ambiente de oración y alegría al mismo tiempo. Muchas de las canciones se vivieron no solo como expresión artística, sino como una forma de rezar juntos, haciendo de la música una auténtica oración compartida que unía a toda la asamblea.

A lo largo del encuentro se fueron sucediendo testimonios de personas de todas las edades: niños, jóvenes y adultos que compartían cómo viven su fe en lo cotidiano. Historias sencillas, pero profundas, que hablaban de encuentros con Dios en la vida diaria, en las dificultades, en el servicio y en la comunidad. Muchos de estos testimonios ayudaron a descubrir que la fe no es algo lejano, sino una experiencia real que se encarna en la vida de cada persona.

Uno de los momentos más esperados fue la llegada del Papa al estadio. Su presencia fue acogida con una gran ovación que llenó el Bernabéu de emoción. Con un tono cercano y alegre, animó a la comunidad diocesana a vivir la fe como una auténtica sinfonía de voces distintas que se unen en una sola Iglesia, capaz de construir comunión en medio de la diversidad.

A lo largo de su mensaje insistió en la importancia de la alegría cristiana, de la unidad y del compromiso en la vida cotidiana. También recordó, a través de los testimonios escuchados, que la Iglesia está viva en cada persona que se deja transformar por e l Evangelio y lo hace presente en su entorno.

El encuentro fue también una experiencia de Iglesia que se siente familia: una comunidad que canta, escucha, comparte y celebra junta la fe. No solo como un acto puntual, sino como una expresión de lo que la Iglesia diocesana es y está llamada a ser en medio de la ciudad.

Así se cerraban tres días intensos en los que Madrid se convirtió en un lugar de encuentro, oración y misión. Tres días en los que la fe se hizo música, palabra, silencio, mirada y comunidad.

Y antes de volver a Roma, el Santo Padre quiso agradecer a todos los voluntarios su labor en estos días. En Ifema, con un ambiente festivo se reunió con todos ellos.